Los templarios eran unos caballeros-monjes que se encargaron durante las cruzadas de asegurar el camino de los peregrinos a Jerusalén, evitando que fueran pasto de la rapiña de los bandoleros que acechaban los caminos.

Aunque estaban al servicio de Dios y de los reyes en donde ellos estuvieran, llegaron a conseguir tal poder que empezaron a ser temidos por los propios reyes.

Acusaciones falsas acaecidas durante el siglo XIII sobre su afán de poder y su falta de caridad y su falta de protección a los peregrinos, posiblemente fomentadas desde la corte del rey de Francia “Felipe el Hermoso”, provocaron una persecución generalizada y la condena de la Orden.

Esta condena, auspiciada por los papas de Avignon, que eran prisioneros del rey francés, provocaron la indignación en la Corona de Aragón.

La Inquisición que abrió proceso contra la Orden siguiendo instrucciones de Jaime II, quien no estaba muy de acuerdo con la decisión de los papas, llegó a reconocer su inocencia en 1312, pero para no enfrentarse con los papas, Jaime II ordenó que los templarios se disolvieran como orden.

Posteriormente sustituyó esta Orden por la de Montesa, a la que cedió las propiedades de las ordenes del Temple y del Hospital, templarios y hospitalarios.

La propuesta de Jaime II fue aprobada por el papa Juan XXII, el 10 de junio de 1317, tras cederle a la misma el castillo de Montesa, en la frontera valenciana con los sarracenos, del que toma el nombre la Orden.

El origen del castillo es árabe. En él se refugió el caudillo musulmán, Al-Azraq, tras la rendición de Xátiva en 1.244.

En 1.277 fue conquistado por Pedro “El Grande”, hijo de Jaime I “El Conquistador”.

Los frailes armados reformaron el castillo a estilo gótico. Por sus gruesos muros, el castillo fue considerado como uno de los más fuertes de la época, y en su plaza de armas podían formar hasta 2.000 hombres.

La sociedad de la Orden se componía de: Gran Maestre, Hermanos Caballeros, Hermanos Religiosos, Escuderos, Vasallos y Siervos, y sus tres votos a seguir eran: pobreza, obediencia y castidad.

El primer Maestre de la Orden fue Guillermo de Eril y el último fue Pedro Luís Garcerán de Borja, hermanastro de San Francisco de Borja, que fue condenado por “sodomía” por la Santa Inquisición a 10 años de reclusión en el castillo de Montesa y al pago de 6.000 ducados. Para recuperar su reputación, posteriormente negoció con Felipe II la incorporación de la Orden y sus bienes a la corona, convirtiéndose el castillo en un convento.

Los caballeros de la Orden de Montesa llegaron a participar hasta en la conquista de Granada y de las ciudades de Vera, Mojácar y Baza, en el conflicto político de la Generalitat de Cataluña y en el levantamiento de los nobles valencianos pretenciosos de la independencia del reino de Valencia.

En 1.748 un terremoto hizo que se desplomara la roca sobre la que se asentaba el convento lo que provocó la muerte de la mayoría de sus miembros. De allí, la Orden pasó a asentarse en Valencia, en la casa del Temple. Tras ser el castillo abandonado, sus restos fueron declarados monumento arquitectónico-artístico en 1.926, reinando en España Alfonso XIII.

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